Historia del siglo XX chileno

Patricio Navia

Capital, diciembre 14, 2001

 

El texto de 375 páginas de Sofía Correa, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle y Manuel Vicuña es una obra que llegó para quedarse, polémica, incisiva y provocadora. Como relato es notable, los autores manejan bien la pluma y construyen una narrativa que cautiva al lector y, lo que es fundamental en cualquier esfuerzo intelectual, provoca, cuestiona y argumenta con brillantez. Pero como producción de ciencia social esta Historia es altamente cuestionable en al menos tres aspectos no triviales: América, la DC y el Mercurio.

 

1) En las largas discusiones del contexto histórico de las diferentes corrientes de cambio político universal, los autores se embelesan con Europa y ponen mucho menos atención a América. Pero al ser patio trasero de Estados Unidos, la historia del siglo XX de la región is all about the United States. Desde la Ley para proscribir al PC hasta el golpe militar de 1973, los sucesos políticos en Chile han tenido más que ver con lo que pasa en Washington que con las protestas de los jóvenes rebeldes en París. Y por más que los autores pudieran querer que Chile fuera una isla en el Pacífico—o en el Atlántico Norte—el país está irremediablemente incrustado en la América Latina de los dictadores, la aristocracia arribista, la desigualdad obstinada y los fallidos esfuerzos para lograr el desarrollo económico, la estabilidad política y la consolidación democrática.

 

2) Repitiendo un conocido sentimiento anti democratacristiano del autor más conocido del grupo, el libro cae en ciertas diatribas anti-DC que, aunque uno pudiera compartir, no se justifican. Sugerir por ejemplo que, “la Democracia Cristiana introdujo una creciente polarización en la política chilena” (p. 207) es más que antojadizo, injusto. La DC es responsable de muchos errores—su oposición actual al divorcio, los exabruptos anti-capitalistas ocasionales de algunos de sus octogenarios líderes y las contradicciones entre los liberales y los beatos del partido son sólo algunos ejemplos—pero no se le puede culpar por la polarización que llevó a Chile al desastroso quiebre institucional de 1973.

 

3) La condescendiente forma en que se analiza a El Mercurio y el papel jugado por éste en la caída de Allende y en el apoyo irrestricto a la dictadura militar es sospechosa. Está bien que Jocelyn-Holt sea columnista semanal de El Mercurio, pero eso no debería haber influenciado la forma en que se narran los eventos. Traidor a la patria, héroe defensor ante el ataque marxista o simple empresario capitalista que defiende sus intereses personales, el rol de Agustín Edwards en la caída de Allende amerita ser mencionado en una historia de Chile del siglo XX.

 

También están las contradicciones internas. Un libro escrito por 5 autores no debería tener errores de este tipo. En la página 192, por ejemplo, argumentan que es falso que las mujeres hayan dado la victoria a Ibáñez en 1952 (un 43% de las 300,000 mujeres apoyaron al caudillo, pero un 48% de los hombres le dieron la victoria). Pero en la página 206 dan a entender que la volatilidad del electorado (mujeres y pobladores urbanos) facilitaron el triunfo del Caballo.  La selección de eventos y de énfasis también es cuestionable. ¿Por qué mencionar a Peter Rock en una historia del Chile del Siglo XX y no a Manuel Bustos, Anacleto Angelini o por último a Eduardo Gatti, Florcita Motuda o Sonia La Única? ¿Corresponde anotar en una historia de Chile que Jocelyn-Holt está vetado en TVN y en el Canal 13 en el año 2001? (Tal vez eso quepa en una Historia del Siglo XXI Chileno).

 

Siguiendo la tradición de los historiadores chilenos clásicos y modernos, los autores toman partido ideológico pero no se atreven a reconocerlo.  Los autores deberían entender que el error está en la pretensión de objetividad, no en el tomar partido. Partir diciendo, por ejemplo, “hola, yo soy un cuico pero me gustaría ser miembro de la Garra Blanca” no es necesariamente malo. Al menos se deja en claro de dónde se viene y dónde se quiere llegar. Por cierto, lo que más necesita nuestro país es tolerancia, y si los judíos no pueden ser miembros del club El Golf, los separados no puedan ser profesores de la Universidad Católica (financiada por el estado) o los homosexuales no pueden reconocer su condición en las Fuerzas Armadas o la política, al menos dejemos que los aristócratas puedan ser admiradores de Allende, los historiadores puedan ser anti-DC y los intelectuales inteligentes y provocadores puedan publicar sus propias historias de Chile. Aunque no me atrevería a recomendarla como material de texto en ninguna escuela básica o secundaria, esta obra sin duda vale la pena para los que quieren leer una interpretación histórica sesgada del Chile del siglo XX provocadora, incisiva e inteligentemente argumentada.